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Editorial
La llave está en las bibliotecas
El trabajo de miles de personas en Colombia alrededor del libro y la lectura parece sumergido a pesar de la oportunidad que representa tener una robusta red de bibliotecas públicas, liderada por la Biblioteca Nacional de Colombia, con el apoyo del Ministerio de Educación. Esta historia hunde sus cimientes en experiencias como la Biblioteca Aldeana o Selección [Daniel] Samper Ortega realizada por el director de la Biblioteca Nacional entre 1931 y 1938. Fueron cien volúmenes de diversos géneros que pretendían dos asuntos que hoy parecen centrales: de un lado, enviar el mensaje al mundo de cómo y qué estábamos pensando y escribiendo los colombianos, y de otro, imprimir esa selección para que los habitantes de este territorio llamado Colombia pudieran reconocer y leer referentes propios que los conectaran con una idea de nación. Para este último fin se diseñó una pequeña red de bibliotecas aldeanas que acogieran la selección, y de ahí su nombre. Ese acontecimiento, ocurrido hace casi cien años, ha tenido múltiples empeños y desarrollos en una sociedad que a veces se empecina en no reconocer el trabajo de miles de personas que han creído que hay vida más allá de la politiquería y la violencia. La creación de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en 1958, es una muestra de cómo un centro de información se convierte en el centro de la vida pública, social e intelectual para miles de habitantes para una ciudad como Bogotá. Mil quinientos sesenta centros de información existen hoy en la totalidad de los municipios colombianos. Una red con direcciones, teléfonos, con gente conectada que intercambia experiencias, y conoce el país. Una red con penurias propias de la cultura nacional. Pero una red, al fin y al cabo, que representa la oportunidad de crear una verdadera revolución del conocimiento.
Reportaje
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Reseñas
Exposiciones
Tipo Lito Calavera
Biblioteca Luis Ángel Arango-Casa Republicana/Bogotá Calle 11 con Cr. 2 28 septiembre 2022 - 11 septiembre 2023 https://www.youtube.com/watch?v=Bebg9O7ieQI https://www.banrepcultural.org/exposiciones/tipo-lito-calavera/piedras-kilometricas
Vista de una de las salas de la exposición.
La vida gráfica de un país nos muestra talantes y búsquedas que van definiendo y haciendo la historia misma. En las elecciones estéticas se juegan cientos de motivos que permanecen ocultos para quien sólo ve “productos” terminados: en los cabezotes de los periódicos populares y regionales de comienzos de siglo XX se esconden las presencias espectrales de quienes diseñaron y compusieron con tal o cual tipografía y creyeron que la prensa era un mecanismo de resistencia y de poder; en la imaginación y la sátira de revistas como El Fantoche se presiente la inquina en contra del contendor político; en los carteles y proyectos pedagógicos de artistas como Sergio Trujillo Mategnat se advierte el proyecto de una modernidad que quería ser abrazada tras décadas de hegemonía conservadora; en los proyectos populares como la revista Tierra se persigue el sueño de un nuevo hombre más solidario; en el trazo de las composiciones de las cubiertas de libros como Mancha de aceite o Siervo sin tierra se siente la necesidad imperiosa de denunciar con el trazo y el color aquella realidad terrible de los campesinos y los trabajadores y en cada una de las piezas de “Tipo, Lito, Calavera”, la estupenda muestra que se exhibe en la Casa Republicana de la Biblioteca Luis Ángel Arango, creada y curada por el artista y editor Juan Pablo Fajardo. La exposición en sí misma es una obra que quiere proponer otra manera de mostrar aquello que muchos han visto pero pocos reconocen en su verdadera dimensión estética y simbólica. La “forma” que ha logrado Fajardo junto al equipo que lo acompaña es una muestra de su ya demostrada sensibilidad por lo impreso, lo tipográfico y lo bibliográfico y los contextos sociales y culturales de su producción. Si uno se detiene en cada uno de los espacios y los observa sin preguntarles nada, descubrirá composiciones, diálogos audaces, y una idea de construir con los materiales, también, eso que es uno de los fines de la exposición: dar una idea de cuáles han sido algunos de los hitos del diseño gráfico colombiano y cómo esas apuestas nos han formado como ciudadanos. Admirable y bella, está muestra da cuenta, además, del talante de su curador: alguien que observa y atesora con la mirada; que reconoce en el gesto de quienes lo antecedieron la posibilidad de ser él mismo; que es capaz de apropiarse y crear a partir de allí paredes y rincones elocuentes que, observados de cerca, contienen parte de nuestra idea del mundo.
Teatro
Sonata de espectros
Elenco: Juan Manuel Barona, Carlos Gutiérrez “Caliche”, Patricia Rivas, Carlos Alberto Pinzón, Juliana Herrera, Carlos Torrado, Dévora Roa, Pablo Restrepo Vejarano. Adaptación y dirección: Sandro Romero Rey Cuándo: A partir del 22 de junio de 2023 Dónde: Casa del Teatro Nacional/ Carrera 20 # 37 – 54 Información: https://teatronacional.co/sonata-de-espectros/
Luego de la exitosa temporada de la obra El pato salvaje de Henrik Ibsen/Robert Icke, bajo la dirección de Sandro Romero Rey, regresa a la Casa del Teatro Nacional una nueva puesta en escena de un dramaturgo escandinavo. Esta vez se trata de Sonata de Espectros de August Strindberg, escrita en 1908, tres años antes de su muerte. Una vez más, bajo la mirada de Romero Rey, el público bogotano se encontrará con una pieza inundada de acertijos y misterios. No se trata de un drama realista, como los que acostumbraba escribir Strindberg y sus contemporáneos. Al contrario, se trata de un salto al vacío, una pieza hija del simbolismo, del romanticismo y, por qué no, de la poesía. Es una obra cuya fábula es tan solo un detonante para introducirnos en el mundo de los sueños, del misterio y de la fantasía. Los espectros que deambularán por el escenario tienen deudas con su propio pasado y, poco a poco, se conectarán con los espectadores por las vías de lo desconocido. El montaje se ha concebido como un homenaje al gran director de cine Ingmar Bergman quien no solo fue un inmenso creador de imágenes para la pantalla sino que, sobre todo, fue un maestro de la puesta en escena para las tablas. “El teatro es mi esposa y el cine mi amante”, repetía con su travieso sentido del humor. Bergman dirigió más de sesenta producciones para la pantalla, experiencias sublimes por las cuales ha sido reconocido como una de las figuras capitales del arte del siglo XX. Pero, para el teatro, fue responsable de ciento veinticinco puestas en escena que lo consolidaron como uno de los más grandes directores suecos de todos los tiempos. En esa galería fascinante de producciones, dirigió en cuatro oportunidades La sonata de espectros de Strindberg, convirtiéndolo en uno de los dramaturgos esenciales de su repertorio. La puesta en escena del Teatro Nacional es un homenaje a los diálogos establecidos entre el cine y el teatro, con una creación en la que se mezcla al detalle el trabajo de la dirección de arte, las luces, la música y las actuaciones concebidas especialmente con recursos contemporáneos, de tal suerte que los espectadores del nuevo milenio consigan acercarse a los grandes momentos del repertorio universal, pero con las posibilidades y las nuevas preguntas de nuestro tiempo. ¿De qué se trata Sonata de espectros? Es la pregunta esencial que el público debe hacerse en la medida en la que los acontecimientos avanzan. Un estudiante héroe, un viejo inválido, una momia vengativa, una joven de destructiva belleza, dos criados sin tiempo, una dama de negro, una cocinera incesante, todos a una configuran una galería de personajes enigmáticos, los cuales irán destapando sus cartas en un escenario que se transforma ante los ojos del público, mientras los sonidos del fin del mundo se acercan a configurar sus propios acertijos.
Libros
Toá, César Uribe Piedrahita, Seix Barral, 2023
Hace noventa años el médico, salubrista, y director del Instituto Nacional de Higiene, César Uribe Piedrahita, hizo un viaje por los ríos Caquetá y Orteguaza para levantar un inventario de flora y fauna y estudiar el veneno de algunas serpientes de la amazonía colombiana. La situación de la explotación del caucho era ignominiosa y el gobierno de Olaya Herrera estaba al tanto de la sangría que, en unas tres décadas, habían cometidos las casas de explotación peruanas, colombianas y brasileñas, en particular la tristemente celebre Casa Arana. El enfrentamiento entre caucheros colombianos y peruanos era plausible, así como la esclavización de miles de indígenas: al menos sesenta mil fueron asesinados en una macabra industria que se puso a andar a marchas forzadas por cuenta de la primera guerra mundial y el desarrollismo de los años veinte que usó el caucho como materia prima. En 1924, José Eustasio Rivera había publicado La Vorágine, leída por la generación a la que pertenecía Uribe Piedrahita, Los Panidas, de la cual hacían parte Ricardo Rendón, León de Greiff y Fernando González entre otros. Como visitador, Uribe ideó para su novela Toá, a un muchacho de veinticuatro años, llamado Antonio de Orrantia, quien llega a un campamento de caucheros colombianos en el Putumayo, en busca de explicaciones para una violencia que, insisto, había sido señalada desde hacía dos décadas en sucesivos informes, como el del cónsul británico Roger Casement quien denunció a la Compañía Amazónica Angloperuana de Caucho ante el parlamento británico.
Toá es un tremendo ejercicio de observación y de inmersión en el cual la oralidad y el alma de un puñado de personajes va devorando al lector cuando, muy pronto, irrumpe la violencia en cada una de sus páginas. No es pues, testimonio, ni informe, ni descripción, sino la construcción narrativa o el intento desesperado de ello, por lo menos, de una atmósfera en la que los cuerpos sufren al igual que la naturaleza expoliada, siringuiada, cortada, herida y mutilada. Pero también es una aventura, un western, un monólogo interior y una bellísima exploración, a través de sus personajes y los diálogos, de una prosodia que resuena en el inconsciente del lector. “Llovía sin descanso sobre la inmensidad de la planicie amazónica. Los ríos se hinchaban. Los caños y brazuelos rebosaron las orillas y se extendieron por el bosque hasta cubrir toda la tierra en millares de kilómetros, a lo ancho de las vegas. Crecían las aguas sin cesar. Los ríos se confundían los unos con los otros. No había cauces, ni orillas, ni charcas, ni pantanos, ni ríos. Era un mar escondido bajo el techo negruzco de los bosques, turbio, inmóvil y profundo (…). En la agencia del Churo quedaba solo una de las casas. Las demás, carcomidas por las termitas y deshechas por la humedad habíanse desplomado. Ordóñez y su socio Martínez (el temible Churo), miraban desde el corredor las avenidas tumultuosas del río. –Ah, malo que está esto–decía Ordóñez–. No hay más camino que vender y salvar el bulto. Vas a ver, Churo, que no tardan en venir a fregarnos. Espérate que bajen las aguas y verás. –Que nos maten. Yo me quedo hasta acabar los siringales y sangrar la tierra misma, y terminar con la tierra y matar hasta el diablo”.
El medidor de tierras, Esteban Duperly, Tusquets, 2023
En El castillo de Kafka, el personaje del agrimensor deambula por toda la novela buscando el motivo de su presencia allí. Kafka entendía cuál era el significado de estar perdido en medio de la burocracia y la sin salida de la especie humana cuando, desde el poder, siente que puede despreciar a los demás. En “El desierto de los Tártaros”, Giovanni Drogo, desde una fortaleza espera la (supuesta) e inminente llegada de los enemigos, aunque desde hace mucho tiempo no se libra batalla alguna en ese lugar. El desconcierto de estos dos personajes es el mismo que experimenta el protagonista de la segunda novela del escritor Esteban Duperly que tras la misteriosa “Dos aguas”, ya había avisado de su mirada y sensibilidad para entender toda literatura como una reescritura problematizando nuestro propio tiempo presente o el pasado remoto. El Teniente es un hombre taciturno enviado a un destacamento militar de la frontera de un territorio ignoto. Como agrimensor debe ir a tomar algunas medidas en pro de la soberanía de un país en guerra. El viaje debe hacerlo en compañía de una serie de ciudadanos remisos capturados en la calle de una ciudad cualquiera y enviados a La Teta, un prominente territorio ubicado en una inmensa llanura desecada por la mano del hombre, en la cual queda poca de la selva que alguna vez hubo allí. En La Teta vive un Mayor desesperado con una recua de proscritos que están en esta ex colonia penitenciaria y después misión religiosa, quien cree estar cumpliendo alguna función en una batalla cuyo teatro de operaciones está muy lejos. Para el Mayor, la llegada del Teniente supone el fin de la espera de un apoyo que ha pedido durante los siete años que lleva allí, entre la soledad y la desesperanza. Pero para su sorpresa, el Teniente es todo, menos un hombre de guerra. En la segunda novela de Esteban Duperly se demuestra el talante de un escritor que ha pasado por el cedazo de su inteligencia decenas de lecturas que tienen en estas tremendas páginas, escritas con una belleza ominosa, un correlato: aquí navegan juntas las voces e imágenes de Buzatti; de Rivera y La Vorágine; de La tierra éramos nosotros, de Mejía Vallejo y de El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, entre muchas otros tropos y lenguajes que hacen de esta narración un verdadero prodigio, un hallazgo, una revelación en la literatura que se está escribiendo en la Colombia del siglo XXI. Hombres huérfanos deambulan en busca de un padre por un desierto simbólico en busca del agua que nunca llega y de una guerra que no pelearán. La vida y la muerte se disputan la partida. Entonces acontece la temporada de lluvias y todo, a pesar de una cruda violencia, vuelve a reverdecer.
Otros libros
- Peregrino transparente, Juan Cárdenas, Periférica, 2023. https://elpais.com/babelia/2023-03-04/peregrino-transparente-contra-la-flecha-del-tiempo.html
- Yoga supremo, 4 tomos, Traducción y adaptación de Miguel Córdoba, El Peregrino Ediciones, 2021-2023. https://www.comfama.com/bibliotecas/historias/nuevas-lecturas/resena-yoga-supremo/
- Gloria, Andrés Felipe Solano, Sexto Piso. https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/gloria-revelaciones-que-conducen-al-pasado/
- Rebelión Universitaria 1971-1972: una búsqueda de ruptura, Hernán Darío Correa y Víctor Manuel Moncayo, Universidad Nacional de Colombia. Vea aquí la presentación del libro: https://youtu.be/0xFRHjs9CGA
Cine
Un varón
Director: Fabián Hernández 2022 Trailer: https://www.youtube.com/watch?v=EfxCr_ddnZM
En 2016 el ex alcalde Enrique Peñalosa decidió intervenir el barrio Santa Inés, en el cual se encontraba el sector llamado El Cartucho, una de las zonas de asentamiento urbano marginal más grandes del mundo, donde convivían miles de personas. Olla, calle caliente, hogar de familias que moraban en inquilinatos, zona de consumo y de juego donde crecieron cientos de niños, la demolición de aquellas edificaciones causó una gran polémica por la poca planeación sobre el destino de todos esos seres humanos que no tenían, más allá de esas esquinas, un lugar en el mundo. Las imágenes de esa demolición se repiten de manera constante en Un varón, la película de Fabián Hernández, protagonizada por Dilan Felipe Ramírez. Mientras una draga va recogiendo trozos de cemento, varillas, marcos de ventanas, puertas y todo ello se convierte en una especie de montaña de herrumbre, Carlos, su protagonista, recorre las calles mirando cómo el mundo que conoce comienza a desaparecer. Quizás en esa tensión entre su mirada y la destrucción de un lugar se cifre la belleza rabiosa de una película que contempla el paisaje interior de un muchacho que se resiste a la masculinidad imperante de la calle. La calle es dura y hay que tener criterio, repiten los colegas del internado adonde de vez en cuando va a atemperar la constante amenaza de ser un muchacho solitario, que vaga por esas esquinas sin rumbo conocido. En su deriva busca con tristeza a una madre que está en la cárcel y a una hermana que es prostituta. La cámara lo sigue tratando de descubrir en sus gestos y su hermoso rostro la belleza que le ha sido negada por una violencia que lo acecha. Sin falsas redenciones, la película muestra a Carlos en sus devaneos y la amenaza constante de caer en el abismo de tener que cometer un crimen, mientras acaricia los objetos de esas mujeres que le han sido negadas, delatando una sensibilidad distinta en un mundo en el que quien no esté “parado”, pierde. Un varón es tan desoladora que al final hay espacio para la esperanza: sus personajes son ángeles clandestinos que cantan con Tego Calderón: “Si me confundo y pierdo la fe / A medio caminar el ángel me dice a mí: / “Levántate e’ la cama y enfréntate a / La vida porque tu naciste pa’ sobrevivir”.
Otras críticas:
Alis
Directores: Clare Weiskopf, Nicolás van Hemelryck 2022
Reseña: https://diariocriterio.com/alis-documental-colombiano-resena/
Trailer: https://www.youtube.com/watch?v=Cjem0c-r6nE
Opinión
¿Y la lectura qué?
Silvia Castrillón
El pasado 25 de mayo un grupo de unas setecientas personas envió una carta dirigida al presidente Gustavo Petro en la que se le plantea “atender las necesidades no resueltas en danza, teatro, artes plásticas, visuales y patrimonio”. Allí no se habla, como en muchos otros espacios del Arte y Cultura en Colombia, del tema de la lectura.
Puede ser natural, pues la lectura y la escritura no se constituyen en necesidades sentidas por el conjunto de la población; necesidades básicas sin las cuales es difícil acceder a otras manifestaciones del arte y la cultura y como herramienta del pensamiento y del ejercicio ciudadano. Esto es especialmente grave si se tiene en cuenta que la mayor parte de la población está excluida de la cultura escrita con lo cual muchos de sus derechos son vulnerados: el derecho a la información, a la educación, a la participación consciente e informada, entre otros.
Las bibliotecas públicas –acompañadas de las escolares– podrían constituirse en el mejor mecanismo de lucha contra esta exclusión. Ellas conforman la más potente red cultural con que cuenta el país, pues están presentes en casi la totalidad de los municipios.
Las bibliotecas son espacios para el debate, la discusión, la conversación y, por consiguiente, aliadas de la paz. Garantizan la información a la comunidad acerca de los servicios que presta el Estado y sobre sus derechos. Son espacios de acceso a las diversas manifestaciones del arte y la cultura, y entre ellas a la literatura que es patrimonio de la humanidad y, por lo tanto, les pertenece.
Las bibliotecas, igualmente, garantizan la diversidad de pensamiento al valorar las diversas expresiones de la palabra y de la creación y con ello son necesarias para preservar la bibliodiversidad. Son también espacios para la educación no formal para toda la ciudadanía y para la formación artística.
Para que cumplan con todo esto es preciso que, por una parte, se incrementen y mejoren las colecciones de libros, mediante una política de adquisiciones que privilegie la creación y edición colombianas, lo cual garantiza la diversidad de pensamiento y la identificación con lo nuestro y, por otra, que estén a cargo de personas idóneas con estabilidad en sus cargos.
Adicionalmente, se precisa el fortalecimiento de la edición colombiana, especialmente de la mediana y pequeña industria, sector de la economía débil debido, entre otras cosas, a las bajas tasas de lectura de los colombianos. Igualmente, se precisa que el libro tenga amplia circulación en el territorio nacional, mediante la creación y fortalecimiento de las librerías.
Simultáneamente, el país requiere trabajar seriamente en bajar las tasas de analfabetismo sobre las cuales se tiene una información poco confiable, pero que son muy altas especialmente en el sector rural y en las regiones apartadas. Este debe ser un trabajo conjunto entre educación y cultura al que deberían sumarse otros sectores del Estado, pues a todos afecta. El analfabetismo es un crimen de lesa humanidad según palabras de Nadine Gordimer. Y es preciso reconocer que analfabetismo y democracia son incompatibles.
Silvia Castrillón: Bibliotecóloga, editora, lectora y una de las colombianas que más sabe del tema de la lectura en Colombia. Fue creadora de ACLIJ, Fundalectura, y Asolectura; y cocreadora de la librería y editorial Babel.
Un nuevo destino para La selva y la lluvia
Francisco Javier Flórez
“El libro es un ser vivo”, afirma de forma tajante el escritor Arnoldo Palacios en el preámbulo de la reciente reedición que Intermedio editores hizo de su novela La selva y la lluvia. En su reflexión -centrada en la trayectoria asumida por un texto una vez es publicado-, Palacios no duda en sentenciar que, tras ser “engendrado, parido” no sólo se desarrolla”, sino que “se lanza a cumplir su destino”. Este escritor chocoano, nacido en Cértegui (1924), parece haber desarrollado tal convicción a partir de la experiencia que vivió como autor de La selva y la lluvia, novela publicada originalmente por la Editorial Progreso de Moscú, en 1958. Eran los tiempos de la guerra fría y el mundo se leía a través del dicotómico prisma de comunistas y capitalistas. Desde sus tiempos de estudiante de Bogotá -ciudad a la que llegó a finalizar sus estudios de bachillerato en 1942- Arnoldo Palacios ya sabía a qué lado pertenecía y coqueteaba con las ideas de izquierda. Algunas pinceladas sobre su preocupación por las condiciones sociales de los más humildes las plasmó en Las estrellas son negras, obra publicada en 1949, la cual, entre otras cosas, le allanó el camino para acceder a una beca con la que inició estudios de idiomas en Francia a partir de ese mismo año. Las visiones progresistas de Arnoldo Palacios lo llevaron a afiliarse en París al Consejo Mundial por la Paz entre los pueblos, una organización integrada por intelectuales con ideas de izquierda. La caracterización de esta organización como prosovietica - estigma impulsado por los gobiernos estadounidenses- hicieron que Palacios fuera tildado como un agente del comunismo internacional. Negación de visas por parte del Reino Unido y cancelación de la beca otorgada por el gobierno colombiano, al parecer, fueron algunos de los precios pagados por este escritor en defensa de sus convicciones. En medio de estos obstáculos políticos y económicos, aunados a las dificultades de salud impuestas por la poliomielitis que le acompañaron desde niño, escribió La selva y la lluvia, novela que transcurre entre los años de la República Liberal y los meses siguientes al asesinato de Jorge Eliecer Gaitán. En 1957, sin posibilidades de publicarla en Colombia, viaja de Francia a la Unión Soviética y entra en contacto con los editores de la Editorial Progreso, que, en septiembre del año siguiente, le publican la obra. Cuentan algunos de sus biógrafos que, entre más de dos mil títulos editados en español por el mencionado sello editorial entre 1931 y 1986, La selva y la lluvia fue el único perteneciente a un autor colombiano. Ninguno de estos esfuerzos y méritos fueron suficientes para que esta novela circulara o tuviera lectores en su país de origen. “La selva y la lluvia no entró a Colombia”, señalaría Palacios años después. Aunque tarde, el destino -mencionado por él en sus reflexiones- conspiró para que su novela finalmente se abriera camino en Colombia. En mayo de 1959, en Varsovia, Palacios le regaló un ejemplar al también escritor Germán Arciniegas, quien en 1985 donó su biblioteca personal a la Biblioteca Nacional de Colombia. Entre los libros donados por Arciniegas apareció La selva y la lluvia, ejemplar utilizado por Intermedio editores para reeditar la obra en 2010 ¡Tardaron cincuenta y dos años para que La selva y la lluvia fuera editada por primera vez en Colombia!
Leída en clave pasado/presente, La selva y la lluvia, al igual que Las estrellas son negras, contiene elementos no sólo para interrelacionar los racismos del pasado con los del presente, sino también para ilustrar históricos caminos de inclusión propuestos por sujetos racializados. En 2024, cuando se cumplen cien años del natalicio de Arnoldo Palacios, hay una nueva oportunidad para labrarle un mejor destino a La selva y la lluvia en el mundo literario colombiano. Ojalá, en el marco de los homenajes que ya se anuncian a José Eustacio Rivera por el centenario de la publicación de su obra La vorágine, la trayectoria intelectual de Arnoldo Palacios y sus obras no terminen nuevamente opacadas.